Llevo trasteando con ordenadores desde el añoo de Naranjito, estoy en Internet desde antes de que existiera InfoVía y ademáá tengo la inmensa suerte de que mi trabajo en el MundoReal™ me obliga a estar al tanto de lo que se cuece al respecto. Empecé a escribir acerca de Internet un poco por casualidad y despuéé de una pausa por cosas de la VidaReal™ Alvaro y Nacho me liaron para que me uniera a Microsiervos ... aunque he de reconocer que no tuvieron que insistir demasiado. La noticia que más me gustaría poder dar es la de que hubiéramos encontrado señales inequívocas de vida inteligente más allá de nuestro planeta, aunque en su defecto encontrar vida más allá de la Tierra tampoco estaríaa nada mal.
Nuestro empeño en utilizar armas nucleares nos ha llevado a detonar algo más de 2.000 entre 1945 y 1998.
Esta cifra incluye las lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki a finales de la segunda guerra mundial, aunque el resto son, «afortunadamente» sólo pruebas que se han llevado a cabo tanto sobre la superficie de nuestro planeta, bajo esta, en la atmósfera, y fuera de ella.
Pero el hecho de poseer armamento nuclear y las distintas doctrinas militares que han ido prevaleciendo sobre su uso han conllevado consigo también la necesidad de poder moverlo de un lugar a otro, ya sea a bordo de aviones, barcos, submarinos, u otro tipo de vehículos.
Esto ha producido a lo largo de la historia un cierto número de incidentes y accidentes en los que se han perdido armas nucleares, algunas recuperadas más tarde, y otras no.
Un caso muy conocido en España es el de Palomares, un pueblo de Almería sobre el que cayeron cuatro bombas B28 después de que el B-52 que las transportaba y un avión cisterna KC-135 chocaran en vuelo.
En cualquier caso, y gracias tanto al diseño de estas armas como al hecho de que producir una explosión nuclear no es trivial, ninguna de ellas ha llegado a explotar.
Pero, descontando la crisis de los misiles de Cuba, en la que el mundo estuvo muy cerca de verse envuelto en un conflicto armado que muy previsiblemente hubiera acabado en la tercera guerra mundial, con un más que probable lanzamiento de armas nucleares, ha habido varias ocasiones en las que hemos estado más o menos al borde de empezar una guerra nuclear por accidente, ocasiones en las que la tecnología nos ha jugado malas pasadas.
Eric Schmidt, director general de Google, estima que en la actualidad cada dos días creamos tanta información como la que fue creada desde los albores de la civilización hasta 2003.
La cifra puede ser más o menos exacta, dado que en la empresa en la que trabaja Schmidt sabe un poco de lo que se refiere a indexar información, pero en cualquier caso es bastante evidente que nuestra civilización produce a diario cantidades ingentes de información.
Esta va desde los datos producidos por instrumentos científicos como el Solar Dynamics Observatory de la NASA, que el solito produce cada día del orden de 1,5 terabytes de datos, lo que equivale a unas 380 películas, hasta los tweets de personajes tan «relevantes» como Paris Hilton, pasando por los datos que produce el Gran Colisionador de Hadrones, que ha necesitado que se creara toda una infraestructura informática para almacenarlos, y no digamos ya para procesarlos, o por los millones de correos electrónicos que intercambiamos los usuarios de Internet cada día.
Dado que la capacidad de almacenamiento de datos existente en el mundo es limitada esto crea un problema inmediato, que es el de decidir qué merece la pena guardar y qué no, algo que a priori puede ser complicado, ya que en el futuro esos tweets que ahora nos parecen irrelevantes pueden demostrar ser de un gran interés.
Tras toda una vida atrapado por la gravedad terrestre, volar en gravedad cero supone toda una experiencia que te descubre un montón de nuevas sensaciones, ya que todas aquellas referencias a las que llevas años acostumbrado dejan de funcionar en la forma habitual, tus propias reacciones y reflejos se vuelven prácticamente inútiles, y experimentas las leyes de Newton de una forma muy distinta a la que estás acostumbrado.
El mes pasado, gracias a Vodafone, con quienes colaboramos en CookingIdeas.es, he tenido la oportunidad de tomar parte en un vuelo en gravedad cero organizado por Zero G Corporation, un vuelo similar a los que realizan las agencias espaciales de todo el mundo para entrenar a sus astronautas y para los que de hecho la NASA contrata de vez en cuando los servicios de esta empresa, y aunque naturalmente no es lo mismo experimentarlo en vivo y en directo que narrar la experiencia, voy a intentarlo.
Hay un relato breve de Isaac Asimov, más breve de hecho que esta anotación, en el que habla de la reacción de los alienígenas de una Federación Galáctica cuando descubren que la humanidad ha descubierto la energía termonuclear.
Según el relato tradicionalmente este ha sido el criterio utilizado para establecer que una civilización ha alcanzado el grado de madurez necesario para que pueda entrar a formar parte de la Federación, pero en cuanto caen en la cuenta de que en la Tierra las pruebas nucleares se realizan en el propio planeta su reacción es calificarnos precisamente de asnos estúpidos, lo que da título al relato.
Durante años la ciencia ficción nos ha mostrado ordenadores capaces de dialogar de tú a tú con los seres humanos, o cuando menos de entender órdenes expresadas en lenguaje natural, desde el ordenador de a bordo de las naves Enterprise de Star Trek hasta el de Juegos de guerra, pasando por el de la base lunar Alpha de Espacio 1999.
Pero a pesar de todos los esfuerzos de los que trabajan en el campo de la inteligencia artificial ese tipo de capacidades dista aún mucho de convertirse en una realidad, a pesar de lo mucho que se está hablando estos días de Watson, un superordenador desarrollado por IBM en la categoría de las máquinas para contestar preguntas basado en la serie BlueGene/L, que pretende ser un paso adelante en este campo.
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